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Cómo aprendí a dejarme en paz

Una de las mejores sensaciones del mundo es la de relax absoluto cuando sales de un balneario.

Cuando todo el cuerpo tiene esa sensación de descanso y ligereza.

Hay quien se relaja con una buena sesión de deporte y luego una ducha.

Para mí no es igual. 


De todas maneras, el año pasado, cuando nos tuvimos que confinar en casa, era cuando más necesitábamos esa sensación. 

Pero no había balnearios y el deporte se limitaba a lo que hubiera por casa. Que no siempre es lo más apetecible. 

Sin embargo, es cuando más veces experimenté esa sensación de relax absoluto. 

Ojalá tener un spa en casa, pero no era por eso. Mi ducha se parecía más a un ataúd que a un spa. 

Lo que me hizo llevar muy bien el estar todo el día metida en mis 8 metros cuadrados de habitación, con visitas ocasionales a la cocina y al salón, fue meditar. 

«¿En serio? ¿Vas a hablarnos de esto ahora?». 

Solo un poco. Que a mi el tema de la espiritualidad y estas cosas me hacía mirar a otro lado.

Pero según mi app de meditar (hay una app para todo), me he sentado en mi cojín 381 días.

He pasado 138 horas y 53 minutos sentada en ese cojín.

Un total de 445 sesiones de meditación. 

Sí, en ocasiones, más de una al día. 

Y una media de 19 minutos por sesión. 

Hubo sesiones de más de una hora y otras de 5 minutos. 

¿Y qué pasa con esos números sueltos? 

Pues que han supuesto muchos cambios buenos. 

No solo esa sensación de relax de balneario. 

También: 

  • Empecé a dormir mejor. 
  • Concentrarme mejor. 
  • Estar más tranquila. 
  • Darme cuenta de muchas sensaciones corporales de las que no era consciente, lo cual parece no tener importancia, pero me ha ayudado a tener los dolores de espalda un poco más controlados. 

Y bueno, supongo que se me olvida alguna movida. 

Quizás no te imaginas sentándote en un cojín en el suelo con los ojos cerrados a dejar el tiempo pasar. 

Normal. 

Es raro. 

Al menos a mi no me encajaba con algo que quisiese hacer, pero… 

Conocí a un instructor 

Uno que daba talleres de mindfulness y vino a dar uno a donde yo trabajaba. 

Y bueno, no sentí nada muy especial con los ejercicios, pero cuando él hablaba, yo quería ser como él. 

Todo calma. 

Todo buen rollo. 

Y a mí, que llevaba una especie de olla express por dentro, aquello me parecía casi magia. 

No te imagines a un tío de estos que va en pijama. 

Que va, un tío normal, pero calmado. 

Así que lo intenté en casa, muchas veces. 

Un par de días y lo dejaba. 

0 constancia. Ningún cambio. 

Hasta algo antes de la pandemia. 

Que un amigo me prestó el libro “Déjate en paz: y empieza a vivir

Porque mira que me costaba dejarme en paz. 

Siempre con un run run en la cabeza. 

Y él, que lo sabía, pensó que me gustaría el libro. 

Dejarse en paz

Es una cosa bastante difícil. 

Al menos para mí.

Pero fui buceando por los capítulos del libro:

Deja de meditar

Deja de obedecer 

Deja de ser sabio

Deja de estar calmado

Deja de contenerte 

….

Y lo siguientes. 

Y comprendí que meditar no era exactamente lo que yo creía. 

Que no tenía nada que ver con dejar la mente en blanco. 

Que eso no existe. 

Como la mayoría de las cosas que tratamos de autoimponernos, porque se supone que «las cosas son así» o «debemos ser así». 

Así que cuando hice las paces con todo eso, podía sentarme a «meditar» sin que me torturase el hecho de que otra vez estaba pensado en aquella movida o esta otra. 

Me quedo con una frase del libro

«Uno solo medita si deja de intentar meditar, si se libera del imperativo de tener que conseguir algo, de realizar algo, de responder a un objetivo; y, por lo tanto, de estar angustiado por el fracaso.» 

¿Y ya está? 

¿De eso hice un hábito? 

La verdad es que no. 

Hay más.

Pero te lo cuento en el siguiente artículo que este me está quedando bastante largo. 


Si aún no lo has hecho:


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