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Si te despista hasta una mosca, esto te puede interesar

Hace un tiempo un amigo me habló de una chica que le había fascinado. 

Pero no en el buen sentido. 

Era una chica de 22 años que nunca había conseguido ver una película entera. No hablemos ya de leer un libro. 

Como mucho se veía una serie de 20 minutos máximo. 

Más era imposible. 

Y, por supuesto, con el móvil en la mano o alguna pantalla adicional más. 

Mi amigo había hablado con ella, a petición de los jefes de la chica (él era un asesor externo de la empresa). 

Y es que la habían contratado para gestionar las redes sociales y alguna cosa más. 

Pero se habían dado cuenta de que era incapaz de concentrarse en nada. 

Saltaba de una cosa a otra. 

Por consiguiente no había estrategia, no había constancia, no había…

Pero era maja y se le daban bien las redes, así que no querían despedirla. 

Cuando mi amigo habló con ella, alucinaba con su dispersión. 

Me lo contó. 

A mi me extrañó un poco menos.



La falta de concentración cada vez es más habitual. Y aunque no tan extrema, nos pasa un poco a todos. 

A mi la primera. 

Que estuve un tiempo preocupada porque era incapaz de leer dos páginas seguidas de un libro sin que mi mente se fuese de viaje. 

Leer y releer. 

Pero la cosa cambió sin esperarlo. 

Y fue con lo que contaba la semana pasada: Cómo aprendí a dejarme en paz

Después de mis intentos fallidos con el tema de meditar, comprendí que no se trataba de dejar la mente en blanco ni de alcanzar ningún nirvana a lo Buda. 

Eso eran patrañas. 

Lo otro era alcanzable. 

Se trata de entrenar. 

¿El qué?

La atención

Eso es lo que realmente se consigue meditando. 

Prestar atención.

Después de unos meses de práctica diaria me puse «super zen» (según yo). Todo esto mientras la gente se desquiciaba sin poder salir de casa por el confinamiento.

Y en esto de sentirme «super zen», empecé a: 

  • Dormir mejor. Me despertaba menos por la noche o no me despertaba. Y si lo hacía volvía a conciliar el sueño. Y esto es una delicia para alguien que comía techo todas las noches. 
  • Concentrarme mejor. De repente podía leer muchas páginas sin que la mente se me fuese a ninguna parte, sin releer. También podía estar más centrada en cualquier tarea que estuviese haciendo sin despistarme con una mosca o el móvil.
     
  • Darme cuenta de ciertas señales de mi cuerpo. Lo que puede parecer una chorrada, pero empecé a ser más consciente de por qué me dolían algunas cosas y qué hacer para evitarlo. 

Y, por supuesto, empecé a estar más tranquila y relajada en cualquier situación. 

Dicen que la meditación transforma el cerebro. Lo analizan algunos estudios científicos. 

Yo no tengo ni idea. Pero sé que, aunque ya no llevo a rajatabla la práctica diaria, es una herramienta a la que siempre puedo recurrir y que sigo notando los beneficios de esa época tan intensa. 

De la inconstancia a la constancia

Suelo ser bastante inconstante con las cosas que implican rutina, salvo con comer y lavarme los dientes. 

Pero hacer algo a diario me cuesta. 

Por eso me sorprendió que mantuviese la constancia con el tema de la meditación. 

Mi aliada, a parte de la distancia social y en encierro, fue la aplicación Insight Timer. Tiene un montón de audios y prácticas para todos los gustos. 

Y como me llevaba la cuenta de si meditaba a diario, además de otras métricas (que como friki de las gráficas que soy, me molaban), pues me ayudó a mantener la constancia. 

Luego, una amiga mía me regaló El gran libro de la meditación de Ramiro A Calle. Con él empecé a conocer diferentes tipos de meditación y me di cuenta de que estaba haciendo muchas de estas prácticas sin darme cuenta. 

Siempre es curioso ver que sabes más de lo que crees. 

El libro no lo recomendaría para alguien que está comenzando con la meditación porque puede abrumar un poco y no entender ciertos aspectos, pero si para alguien que ya ha hecho prácticas formales durante un tiempo y ha empezado a experimentar ciertas sensaciones y cambios. 

Y bueno, si me fue tan bien…

¿Por qué no mantuve la constancia? 

Aunque práctico de vez en cuando, he llegado a un momento bastante equilibrado, en el que no siento esa necesidad. 

Eso sumado a diversos cambios, consiguieron que no lo hiciera a diario, y al saltarme un día, yo me salto todo. 

Soy esa clase de persona. 

Pero bueno, es una herramienta que siempre tengo ahí y que, a pesar de dejar la constancia un poco de lado, sigo notando los efectos positivos de tanto tiempo en mi cojín sentada. 

Por cierto, que el cojín es este: Cojín media luna

Una cosa más

Podemos seguir hablando de meditación durante muchas semanas más y no acabar, pero por si acaso a alguien le huele a incienso y ese olor no le gusta, no pasa nada. Paramos de momento. 

Pero antes de despedir el artículo quería hablarte de que muchas veces no hacemos ciertas cosas o no mantenemos la constancia porque no tenemos un método. 

Hay mucho por hacer y poco tiempo.

Se supone. 

Eso, o que no usamos nuestro tiempo todo lo bien que podríamos. 

Soy consciente de que soy una de esas personas, por eso hace un tiempo que sigo el canal de Telegram de Efectivida.



Como me da un poco de cosa la palabra productividad, me quedé más tranquila cuando vi que su autor, Jaír, hablaba de efectividad

Me gusta su contenido y sus consejos, por lo que quería hablarte de él. En nada comenzaré un curso en el que explica su método para ser más efectivos, así que te contaré por aquí qué tal.


Si aún no lo has hecho:



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